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Asesino: Serhiy Tkach el matón de las regiones ucranianas

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Serhiy Tkach dejo sangre, desde 1982 hasta el 2005, en las regiones ucranianas de Crimea, Zaporozhye, Dnepropetrovsk y Jarkov.


Solía buscar sus víctimas en plantaciones forestales cerca de vías de ferrocarril o carreteras, pues de ese modo inducia a los policías a pensar que el asesinato era algún camionero o, en líneas generales, alguien de otra ciudad. Cuentan que, usualmente, antes de sus asesinatos bebía un vaso de vodka con dimedrol, una sustancia capaz de aumentar el efecto del alcohol… Luego seleccionaba a la víctima, que era siempre de sexo femenino y edad entre los ocho y dieciocho años, generalmente menor de dieciocho, pues le gustaban bien jovencitas.


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Una vez que Serhiy Tkach evaluaba la aparente seguridad del escenario, procedía a caer sobre la victima donde no hubiese testigos. Con rapidez y contundencia este monstruo, dotado de tanta fuerza que alguna vez fue campeón de pesas, apretaba la carótida de la víctima y en cuestión de segundos la mandaba al otro mundo.


Rara vez abusó sexualmente de sus víctimas cuando estas vivían. Así, cuando estaban muertas las desnudaba, destruyendo todo objeto en que pudiese haber dejado sus huellas digitales, excepto aquellos que se llevaba, tales como joyas, barras de labios, monederos o ropa interior (si, era fetichista). Teniendo a la chica muerta y desnuda, Serhiy Tkach abusaba sexualmente de ella, cuantas veces quisiese satisfacerse limpiaba el semen y además retiraba colillas de cigarrillos, restos de comida y otros elementos que pudiesen servir para atraparlo.


Estando todo concluido, Serhiy Tkach tomaba las vías del tren y se alejaba, quedando fuera del alcance de sabuesos y policías que pudiesen llegar a la escena del crimen.


Serhiy Tkach se declaró culpable de matar a unas cien chicas, cosa que la Policía antes no le había creído, hasta que dio detalles de los crímenes y dibujó minuciosos mapas con las ubicaciones de los cadáveres. Él quería la pena de muerte, pero ésta había sido abolida en el año 2000. No todos los asesinatos se probaron, y la condena final fue cadena perpetua por 29 asesinatos confirmados y 11 tentativas de homicidio. Al escuchar la condena, no gritó como antes lo hiciese Chikatilo: guardó la calma, habiendo aceptado que incluso merecía más por esos crímenes que efectuó “como un animal”, aunque en realidad no le pesaba.


Chantal Goncalves
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